Debemos de estar convencidos de que discapacidad no es incapacidad y de que tiene importancia crítica adoptar un enfoque positivo de las capacidades como base de la planificación para las personas con discapacidad, en particular los niños.
Hay que reconocer la necesidad de que se preste atención especial a los niños con discapacidad y a sus familias y otras personas que los atienden. Tomemos nota con preocupación del gran número de niños que han quedado discapacitados física y mentalmente como consecuencia, entre otras cosas, de la pobreza, la enfermedad, los desastres, las minas y cuales quiera otra forma de violencia.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Desarrollo
Primero que nada tenemos que saber el concepto de discriminación que es el acto de hacer una distinción o segregación que atenta contra la igualdad de oportunidades.
Ahora si podemos hablar sobre el tema, ya que tenemos el concepto bien claro. Esto habla sobre como nosotros los seres humanos discriminamos a otros seres iguales que nosotros, sin importarnos si lastimamos sus sentimientos o el de alguno de sus familiares.
Entre las variables de discriminación se encuentra la de los niños con necesidades educativas especiales, asociadas tanto a discapacidad como a sobre dotación.
Así la discapacidad se ha convertido en un factor excluyente en materia de educación. Niños con algún trastorno de atención, por ejemplo, han sido catalogados como alumnos perturbadores, y sus padres han debido buscar una alternativa que les brinde la educación.
Ayudemos a crear un clima de respeto hacia las diferencias, de solidaridad y convivencia. Las discusiones abiertas, en cada casa, acerca del prejuicio, los estereotipos y la exclusión tienen el potencial de arribar, entre toda la familia a conclusiones tales como: “No juzgar a la gente por sus apariencias, busquemos rasgos en común”.
Discriminar es NO ser aceptar a las demás personas por ser diferentes.
Todos podemos ser distintos, gustarnos cosas distintas, tener cosas distintas, como el color de piel, la raza, religión, nuestra apariencia física, el sector en el que vivimos, el colegio en el que estudiamos, el equipo de fútbol que nos gusta, la forma cómo nos vestimos, etc. Pero a pesar de todo, somos personas y tenemos derecho a ser tratados bien, en forma justa y con respeto.
En 1994 entró en vigencia la Ley 19.284 que establece normas para la plena integración social de personas con discapacidad, cuyo objetivo central es velar por las condiciones que favorezcan el ejercicio y cumplimiento de sus derechos.
Desde la fecha, se han implementado programas de integración en establecimientos educacionales a lo largo del país para niños con diferentes tipos de discapacidad. Pero el elemento más importante del proceso es la posibilidad de realizar la educación para la tolerancia desde las etapas más tempranas del desarrollo de los niños, incorporando el respeto a la diversidad en sus vidas. Los medios de comunicación y las campañas solidarias han contribuido a crear conciencia respecto de la discapacidad. Es muy importante evitar caer en el extremo de la discriminación positiva, que consiste en otorgar demasiadas facilidades y beneficios, coartando su libertad y posibilidades de desarrollo, limitando el aprendizaje autónomo y repercutiendo en el desarrollo de la independencia del niño (a).
Existen muchos otros con dificultades “menos visibles” pero igualmente discriminados y estigmatizados: menores con síndrome de déficit atencional, problemas conductuales y otros menos conocidos como el autismo, el síndrome de Asperger, Gilles de la Tourette, quienes sufren silenciosamente de la segregación social y escasa compresión de sus dificultades. Existen muchos sectores del mundo adulto que dificultan el proceso y me permito solicitar un minuto de reflexión sobre nuestra propia capacidad de tolerancia para integrar al “mundo normal” a las personas con discapacidad desde los inicios de su vida. Como parte importante de la inserción social, la integración escolar surge como el principal ámbito de desempeño en esta edad. Se han logrado avances pero aún falta mucho camino por recorrer. Un buen inicio es aceptar que nosotros tampoco somos iguales, solamente que la diferencia no es visible.
Más de 600 millones de hombres, mujeres y niños padecen algún tipo de impedimento físico, mental o sensorial, lo que corresponde al 10% de la población mundial. El 80% de estas personas viven en los países en desarrollo. La mitad de las personas con discapacidad está en edad de ejercer alguna actividad profesional.
Este grupo de personas comúnmente sufren de discriminación o son marginados, es decir:
o Se les niegan oportunidades educativas básicas a los niños.
o Se les excluye en el momento de dar trabajo o se les dan empleos de baja categoría o su remuneración es baja.
o Las limitaciones físicas les impiden tener acceso a la mayor parte de los lugres públicos.
o Las actitudes sociales los excluyen de la vida cultural y de las relaciones sociales normales.
o Las personas con discapacidad se caracterizan por poseer una reserva de talento y energía que debe ser destacada.
Ahora si podemos hablar sobre el tema, ya que tenemos el concepto bien claro. Esto habla sobre como nosotros los seres humanos discriminamos a otros seres iguales que nosotros, sin importarnos si lastimamos sus sentimientos o el de alguno de sus familiares.
Entre las variables de discriminación se encuentra la de los niños con necesidades educativas especiales, asociadas tanto a discapacidad como a sobre dotación.
Así la discapacidad se ha convertido en un factor excluyente en materia de educación. Niños con algún trastorno de atención, por ejemplo, han sido catalogados como alumnos perturbadores, y sus padres han debido buscar una alternativa que les brinde la educación.
Ayudemos a crear un clima de respeto hacia las diferencias, de solidaridad y convivencia. Las discusiones abiertas, en cada casa, acerca del prejuicio, los estereotipos y la exclusión tienen el potencial de arribar, entre toda la familia a conclusiones tales como: “No juzgar a la gente por sus apariencias, busquemos rasgos en común”.
Discriminar es NO ser aceptar a las demás personas por ser diferentes.
Todos podemos ser distintos, gustarnos cosas distintas, tener cosas distintas, como el color de piel, la raza, religión, nuestra apariencia física, el sector en el que vivimos, el colegio en el que estudiamos, el equipo de fútbol que nos gusta, la forma cómo nos vestimos, etc. Pero a pesar de todo, somos personas y tenemos derecho a ser tratados bien, en forma justa y con respeto.
En 1994 entró en vigencia la Ley 19.284 que establece normas para la plena integración social de personas con discapacidad, cuyo objetivo central es velar por las condiciones que favorezcan el ejercicio y cumplimiento de sus derechos.
Desde la fecha, se han implementado programas de integración en establecimientos educacionales a lo largo del país para niños con diferentes tipos de discapacidad. Pero el elemento más importante del proceso es la posibilidad de realizar la educación para la tolerancia desde las etapas más tempranas del desarrollo de los niños, incorporando el respeto a la diversidad en sus vidas. Los medios de comunicación y las campañas solidarias han contribuido a crear conciencia respecto de la discapacidad. Es muy importante evitar caer en el extremo de la discriminación positiva, que consiste en otorgar demasiadas facilidades y beneficios, coartando su libertad y posibilidades de desarrollo, limitando el aprendizaje autónomo y repercutiendo en el desarrollo de la independencia del niño (a).
Existen muchos otros con dificultades “menos visibles” pero igualmente discriminados y estigmatizados: menores con síndrome de déficit atencional, problemas conductuales y otros menos conocidos como el autismo, el síndrome de Asperger, Gilles de la Tourette, quienes sufren silenciosamente de la segregación social y escasa compresión de sus dificultades. Existen muchos sectores del mundo adulto que dificultan el proceso y me permito solicitar un minuto de reflexión sobre nuestra propia capacidad de tolerancia para integrar al “mundo normal” a las personas con discapacidad desde los inicios de su vida. Como parte importante de la inserción social, la integración escolar surge como el principal ámbito de desempeño en esta edad. Se han logrado avances pero aún falta mucho camino por recorrer. Un buen inicio es aceptar que nosotros tampoco somos iguales, solamente que la diferencia no es visible.
Más de 600 millones de hombres, mujeres y niños padecen algún tipo de impedimento físico, mental o sensorial, lo que corresponde al 10% de la población mundial. El 80% de estas personas viven en los países en desarrollo. La mitad de las personas con discapacidad está en edad de ejercer alguna actividad profesional.
Este grupo de personas comúnmente sufren de discriminación o son marginados, es decir:
o Se les niegan oportunidades educativas básicas a los niños.
o Se les excluye en el momento de dar trabajo o se les dan empleos de baja categoría o su remuneración es baja.
o Las limitaciones físicas les impiden tener acceso a la mayor parte de los lugres públicos.
o Las actitudes sociales los excluyen de la vida cultural y de las relaciones sociales normales.
o Las personas con discapacidad se caracterizan por poseer una reserva de talento y energía que debe ser destacada.
Fundamentación
Yo escogí este tema ya que se me hace muy interesante para la sociedad, ya que comúnmente no la pasamos criticando y discriminando a personas simplemente porque no son iguales a nosotros. Esto se me hace un problema muy grande, ya que tenemos que ponernos en el lugar de los demás y pensar que bien algún familiar o nosotros mismos podemos estar pasando por esa situación y no nos gustaría que nos trataran igual.
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